viernes, 18 de abril de 2014

García Márquez, periodista de fábula

Hoy es un día de luto universal. Por ello, en lugar de publicar la última parte de la trilogía sobre la hegemonía y el asesino solitario, esta entrada está dedicada a Gabriel García Márquez, uno de los escritores más queridos y citados, y el mejor periodista que ha habido, según mi opinión ranchera.


Acepto que escribir sobre el recién fallecido Nobel colombiano es una decisión un tanto oportunista, pero también está motivada por un sentimiento extraño de tristeza. Es raro sentir pena, porque nunca conocí en persona al escritor y empecé a leerlo cuando ya estaba consolidada su fama y prestigio. Es decir, muchos años después de que publicara su obra cumbre, Cien años de soledad. Hay un vínculo extraño entre escritor y lector que se consolida por la admiración de quien lee, como si el que cuenta las historias fuera un amigo entrañable no visto durante años, pero que está cerca porque revela aspectos extraordinarios de la vida que nuestra inteligencia pierde en el trajín ordinario de la rutina. Esta cercanía la sintieron por Márquez millones de lectores, constituyéndose en su cualidad más misteriosa y envidiada, a tal grado que muchos le decían “el Gabo” con inusitada familiaridad. 

Lo primero que leí de Márquez -como tantos porque era la obra más citada y preferida- fueron los cien años solitarios y me pareció la novela más completa por tener un final que cerraba sin fisuras la monumental epopeya de los Buendía. En mi lectura ingenua, pensé que la novela tenía la forma de un círculo perfecto porque principio y fin coincidían en el mismo punto. Como muchos, admiré sin reservas a la obra y al autor. Después, renegué de este entusiasmo al considerar que el colombiano había usado hasta el hartazgo la fórmula del “realismo mágico” y, además, era un best-seller. Otra cualidad (o defecto, según la perspectiva) del escritor era haber logrado que lo leyeran quienes se jactaban de no ser lectores. 

En lo personal y en un arranque de esnobismo, opté por descalificar el resto de su obra como una derivación marchita de la leyenda de Macondo, influenciado por el movimiento McOndo, creado por el escritor chileno, Alberto Fuguet, para criticar el exotismo desmesurado de las historias del colombiano, refutado por la realidad urbana y sin “fantasías” de Latinoamérica, más parecida al mundo consumista anglosajón.

Por otro lado, algunos sostienen que Cien años de soledad fue un hito en la literatura y, por tanto, es injusto medir con esta cumbre el resto de las creaciones de Márquez porque era imposible repetirla. Al respecto, recomiendo la lectura de García Márquez: Historia de un deicidio -largo ensayo sobre la obra del colombiano escrito por su amigo Mario Vargas Llosa- para entender de qué manera se gestó el estilo mágico-realista y cómo todas las novelas previas y posteriores confluyen en la saga de la familia Buendía.  


Recientemente he revalorizado la obra de García Márquez a través de la lectura intermitente de sus Notas de prensa (1980-1984). El libro es una selección de las columnas publicadas durante esos años en el periódico colombiano El Espectador. En ellas, el autor de El amor en los tiempos del cólera escribió abiertamente sobre cualquier asunto de forma menos adornada y, a mi parecer, más contundente porque expresa en dos o tres cuartillas la esencia de su estilo y de algunas historias incluidas en sus novelas. De ahí que piense que es mejor periodista que novelista porque, además, sin la primera actividad jamás habría sido capaz de escribir sus ficciones. 

Incluso, algunas de sus historias, como Relato de un náufrago o Noticia de un secuestro, son más cercanas a la crónica periodística. Es un ejemplo escaso de una persona que combinó con fortuna dos actividades creativas, de las cuales la base y la cúspide son el periodismo. El novelista, en su caso, no logró superar al periodista, actividad que el propio escritor consideraba el “mejor oficio del mundo”. Por ello se sentía tan cercano a Hemingway, quien también se había formado en el periodismo, aunque desconozco si el norteamericano fue mejor novelista porque nunca supe qué sucedió con el “gato bajo la lluvia”. 

Por ejemplo, con sentido del humor llano e incisivo, Márquez comparte en estas Notas un “domingo de delirio” que vivió en Cartagena de Indias con su editor español, en el cual se juntaron tantos sucesos inconcebibles que el visitante le dijo que ‘no había inventado nada en sus libros’ y, para ser francos, era un ‘simple notario sin imaginación.’ Movido por su humildad de grillo, el colombiano no refuta esta opinión en la nota y se dedica a narrar lo que pasó aquél día, demostrando, de paso, el origen de su estilo “mágico”. De la confusión en el aeropuerto por los letreros que indicaban la salida y entrada de pasajeros, Gabo y su editor vieron después cómo el mercado popular más concurrido había sido sustituido por el Centro de Convenciones, un edificio enorme y de costo estratosférico que las autoridades justificaron bajo el argumento de que era necesario para ‘coronar todos los años a la reina de la belleza.’

Antes de poder asimilar semejante astucia, el editor visitó la casa de los padres del escritor y experimentó en carne propia el comportamiento peculiar de una familia en la que el padre de 80 años planeaba una excursión por la selva amazónica; la madre de 76 lavaba los platos por segunda vez porque la lavadora eléctrica no lo había hecho bien; una nieta contaba con naturalidad cómo se había visto a sí misma desde la cama cuando regresaba del baño; y la tía Elvira de 84 años llegaba de improviso a la casa, feliz, abriendo los brazos y declarando que venía a despedirse porque ya casi se iba a morir… Como podría esperarse, el escritor tuvo que esforzarse (¿qué le habría dicho?) para convencer al editor de que ésa era su vida cotidiana.

Su proceder como reportero (simple notario que consigna la realidad) al escribir ficción lo confirma su impresión de que los escritores de América Latina y el Caribe tienen que reconocer, ‘con la mano en el corazón’, que la realidad es mejor escritor que todos. ‘Nuestro destino y tal vez nuestra gloria, es tratar de imitarla con humildad, y lo mejor que nos sea posible’. La realidad latina es tan copiosa en detalles insólitos que ya no es necesario imaginarla (transformarla), como intentaría un novelista. La gloria del colombiano reside, entonces, en haber sido el mejor al emular esta realidad. 


En cuanto a su muerte, las notas de prensa mexicanas y colombianas informaron que el escritor padecía cáncer en fase de metástasis y, por su avanzada edad, se descartó la quimioterapia. Encima, era víctima de Alzheimer, diagnosticado desde 2006. Tenía 87 años recién cumplidos el pasado 6 de marzo y ya había superado previamente un cáncer linfático. Por coincidencia extraña, días antes de su muerte leí en las Notas una columna titulada La vejez juvenil de Luis Buñuel, dedicada a la autobiografía que había publicado el cineasta en 1982, preocupado por su pérdida de la memoria, y que motiva una digresión sobre la vejez.

Cita Márquez a Buñuel, sin saber que 24 años después experimentaría algo similar: ‘hay que haber empezado a perder la memoria, aunque sólo sea a retazos, para darse cuenta de que esta memoria es lo que constituye nuestra vida’. El colombiano apunta que empezará a escribir sus memorias en cuanto antes para acordarse de todo. El resultado fue Vivir para contarla, publicada en 2002, donde hace un recuento de su juventud e infancia. Muchas de las notas incluidas en el libro que refiero incluyen recuerdos de esta época, como el asesinato real que inventó Crónica de una muerte anunciada; el viaje iniciático en buque, de Barranquilla a Bogotá, por el Río Magdalena; o el encuentro a distancia en París con su querido Ernest Hemingway. 

Para quienes esperaban otro volumen con los recuerdos de la edad adulta deberían adentrarse en esta selección de columnas, que incluyen un sinnúmero de vivencias, como la noche de terror que vivió junto a su esposa en un castillo medieval de la campiña toscana; los cables interceptados y descifrados de la CIA cuando trabajaba en Prensa Latina, que permitieron anticipar el desembarco en la cubana Bahía de Cochinos; la locura vivida durante el día más caluroso en Ámsterdam, donde hasta las computadoras se negaban a funcionar con normalidad; o su último encuentro con el panameño Omar Torrijos, un día antes del accidente fatal del general.

Sobre la condición indeseada de hacerse viejo, Márquez da un consejo simple: la vejez se contiene no pensando en ella y viviendo hacia el porvenir. Miro la última fotografía publicada el 6 de marzo por su cumpleaños: Gabo viste impecable de traje gris con una flor amarilla en la solapa. Sonríe y aplaude a los reporteros que fueron a su casa a cantarle “Las mañanitas”. Es un viejo joven.

Ajeno a sentimentalismos, la muerte del colombiano significa la partida de un escritor universal (de ahí que sostuviera al inicio lo del luto universal) y uno de los más queridos. Al lado de Guerra y Paz, Crimen y Castigo, Madame Bovary, La comedia humana, Historia de dos ciudades y obras afines, estará Cien años de soledad. Como escribió el periodista Jon Lee Anderson, García Márquez será extrañado como un padre. 

Paquidermo

El mejor cuento de García Márquez fue aquél que relata la historia del hombre que se extravió para siempre en sus sueños. Soñaba que dormía en un cuarto igual al que dormía en la realidad y, en ese segundo sueño, soñaba de nuevo que dormía en el mismo cuarto. El despertador sonaba en la mesa de noche de la realidad y el dormido empezaba a despertar. Primero tenía que despertar del tercer al segundo sueño y, lo hizo tan lentamente, que el despertador dejó de sonar. Tuvo entonces la duda de estar en el cuarto real o seguir en el segundo sueño. Cometí el error de dormirme otra vez para intentar descubrir un indicio más certero de la realidad en mi segundo sueño. Fracasé y, por consiguiente, me dormí en este sueño para buscar la realidad en el tercero, después en el cuarto, el quinto y así sucesivamente. Con desesperación, empecé a despertar hacia atrás, del quinto al cuarto, del cuarto al tercero, etcétera, pero perdí la cuenta y pasé de largo por la realidad. Empecé a soñar, qué remedio, detrás de la realidad, en otros cuartos, hasta perderme en la galería sin fin de cuartos iguales. Dormido para siempre se paseaba de un extremo a otro de los sueños incontables, sin encontrar una puerta de salida a la realidad. En un cuarto de número intraducible, la muerte fue su alivio.

-         Ligera alteración del proyecto de cuento nunca escrito por García Márquez, que lo emparentaba con Borges y, a su vez, con Kafka (El mar de mis cuentos perdidos, 25/08/1982).





domingo, 6 de abril de 2014

Piglia, la hegemonía y el asesino solitario – segunda parte: Colosio y Kennedy

I

Nada se afirma ni se niega, escribí en la anterior entrada respecto a lo que está detrás de crímenes sin solución, como fueron los asesinatos de J. F. Kennedy y Luis Donaldo Colosio. Todas las posibilidades parecen abiertas, en cuanto a las causas, los culpables y los propósitos que motivaron los magnicidios, envueltos en la especulación por décadas y siglos y milenios. Sin embargo, hay que precisar que sí hay una afirmación impuesta por las autoridades: la teoría del asesino solitario. Esta verdad oficial sirve para ejemplificar cómo se asienta la versión que favorece al gobierno en turno, en una muestra de la forma en que el poder hegemónico modela la realidad.

La discusión está precedida por la lectura de El camino de Ida, la reciente novela de Ricardo Piglia, donde el presunto asesino solitario, Thomas Munk, podría ser comparado en la realidad con Lee Harvey Oswald o Mario Aburto, personas inestables que decidieron matar a figuras poderosas para llamar la atención y  lanzar un mensaje de alerta a los dominados, es decir la mayoría de la población. Aunque esto no es del todo claro, porque también cabe la opción de que estos crímenes fueron parte de un plan o conspiración en la que sus desdichados culpables oficiales fungieron como simples instrumentos finales.  

Hace 20 años en México, el 23 de marzo de 1994 para ser precisos, fue asesinado el candidato presidencial del partido oficial, Luis Donaldo Colosio, cuando caminaba entre la multitud al final de un mitin en Lomas Taurinas, Tijuana. Un hombre le disparó en la cabeza sin mediar ninguna distancia; avanzó hasta el candidato, apoyó la pistola en la sien y jaló el gatillo. Hubo otro disparo en el abdomen. Colosio murió horas después en el hospital, pero nadie esperaba que sobreviviera, se sabía que las heridas habían sido letales, igual que cuando Kennedy se desangraba sin remedio en el auto descapotable.

El autor de los disparos, Mario Aburto, fue detenido por las autoridades momentos después de los tiros, quienes lo salvaron de un linchamiento por parte de las personas que estuvieron cerca del hecho. Al día siguiente, Aburto fue presentado a la prensa antes de ser recluido en la cárcel de alta seguridad de Almoloya. Un detalle sobresalía: la persona con uniforme de preso era distinta a la que habían captado las fotografías del día anterior. El Aburto preso era robusto, de cuello ancho y tenía el rostro intacto, mientras que el hombre captado en las fotos era delgado, de cuello estrecho y con la cara manchada de sangre, a causa de los golpes recibidos por quienes lo identificaron tras los disparos. Este relato ha sido contado una y otra vez en libros y notas de prensa, pero lo reescribo para mi archivo personal de fragmentos históricos.


Se especuló sobre conspiraciones en la cúpula política y se identificaron otros presuntos culpables, que habrían ayudado a Aburto en su avance hacia el candidato. Pero las versiones fueron desechadas por falta de pruebas y, al final, las investigaciones oficiales concluyeron que se trataba de un asesino solitario, en un crimen que, desafortunadamente, había coincidido con un clima de tensión, donde se definía la sucesión presidencial y se negociaba la paz con el movimiento zapatista que se había sublevado en Chiapas a principios de ese año.


II

En la teoría del asesino solitario se considera que el culpable es un demente que desea perturbar a la sociedad por razones egoístas: volverse famoso. Atribuir el acto a un desequilibrio mental es un procedimiento clásico en Estados Unidos -dice la novela en referencia a Munk- donde los motivos políticos radicales son vistos como desvíos de la personalidad. Y él mismo agrega que declararlo un loco es usar los métodos de la psiquiatría soviética, que considera a los disidentes unos lunáticos porque nadie, en su sano juicio, podría oponerse al régimen socialista, un paraíso y el fin de la historia. Los opositores están fuera de la razón, de ese ‘sentido común’ que define la maquinaria estatal. 

Por otro lado -agrega Renzi en la novela- la discusión sobre el asesinato se centra en el “cómo” en lugar del “por qué”, algo común cuando se trata de sucesos políticos. Nunca se pregunta, por ejemplo, por qué Oswald mató a Kennedy ni a quién (o quiénes) benefició el atentado, sino que se opta por intentar esclarecer cómo mataron al presidente, es decir qué arma se usó, desde dónde se disparó, qué trayectoria siguieron las balas, etc. En otras palabras, se busca una explicación técnica porque, en cuanto a las causas, ya se sabe que todo es producto de la demencia de un individuo.

La locura de los asesinos solitarios es reforzada por su pasado oscuro, evidenciado en documentos hallados por las autoridades, en los que, de manera predecible, ‘sale a la luz’ que estos individuos coquetearon con movimientos políticos radicales, mientras se dedicaban a oficios grises o, en el peor de los casos, trabajaban para el gobierno, como Oswald, quien había sido miembro de la Marina estadunidense. Al momento de su captura se dijo que él había cometido el crimen solo, influenciado por ideas comunistas que adoptó durante una estancia en Cuba. Fue, ni más ni menos, que un agente al servicio del bloque comunista, con una capacidad fuera de serie para disparar rifles de largo alcance; un demente que desafió la hegemonía norteamericana a favor de su enemigo mortal: la Unión Soviética.

Este modus operandi del poder oficial para esclarecer un magnicidio es explicado en una nota de prensa de 1982 de Gabriel García Márquez, titulada El pez es rojo, sobre un libro del mismo título que versa sobre los múltiples atentados fallidos contra Fidel Castro, patrocinados por la Agencia Central de Inteligencia (CIA, por sus siglas en inglés). El colombiano relata que, en uno de los casos, Castro iba a ser asesinado con una ametralladora escondida en una cámara de televisión, durante una conferencia de prensa, pero el intento fracasó porque a uno de los participantes le dio apendicitis y el otro no tuvo el coraje para disparar. El hombre de la CIA que dirigió el atentado declaró, según el libro de Hinckle y Turner:

Era algo similar al asesinato de Kennedy, porque la persona que iba a matar a Castro estaba provista de documentos que le harían aparecer como un agente desertor de los servicios cubanos de Moscú.

Algo similar sucedió con Aburto, quien, a diferencia de Oswald, no trabajó para el gobierno mexicano, sino que tenía un oficio casual en un taller mecánico. Después del asesinato, las autoridades confiscaron un diario entre sus pertenencias, en el que revelaba ser parte de una organización justiciera con diversas ideas políticas (¿radicales?), donde recibió el título de “Caballero Águila”. En las primeras declaraciones oficiales dijo –según el reporte ministerial- que el crimen había sido un vehículo para dar a conocer sus ideas pacifistas y ofrecer información sobre movimientos armados, en sutil referencia al ejército zapatista. No fue declarado un loco, pero quedaba implícito que sólo un desequilibrado mental era capaz de realizar un homicidio de esa magnitud. 



III

La teoría del asesino solitario termina por consolidarse porque sus autores asumen la responsabilidad del crimen. Eso sucedió con Aburto, quien a pesar de cambiar su versión de los hechos unas 18 veces (pasó de decir que fue un acto deliberado a afirmar que todo fue un accidente. Lo del “Caballero Águila” y la información sobre las guerrillas era falso, en cambio, Aburto alegaba en sus últimas declaraciones que había sido un simple espectador del mitin, al que había acudido por pura curiosidad y había tenido la mala suerte de tener un arma; encima, al querer escapar del tumulto, tropezó con otras personas, ocasionando que el arma se activara sin querer cuando caía al piso, apuntando, en una mala pasada del destino, justo en la cabeza del candidato) asumió su culpa por imprudente. Los ‘mal pensados’ sostienen que el Aburto detenido el día del asesinato fue ejecutado y el  que está recluido en la cárcel es un sicario contratado, quien accedió a ser culpable a cambio de una vida tranquila en el encierro.   

En la novela, Munk también asume la responsabilidad de los atentados contra los miembros de la Academia en un afán, quizá, por proteger a los otros integrantes de su organización anarquista. Oswald, al contario, nunca admitió algo semejante y, en su primera declaración, dijo ser sólo un chivo expiatorio (I’m just a patsy, comentó al salir del cine donde lo habían arrestado). Nunca pudo saberse si en algún momento aceptaría su culpa, porque fue asesinado por Jack Ruby en el cuartel de policía donde estaba detenido, frente a las narices de policías y demás autoridades.

El sentido común, no el que dicta la hegemonía, sino la intuición que preside a la más elemental inteligencia, duda seriamente de la hipótesis del asesino solitario, porque, en principio, los crímenes fueron investigados y resueltos por las mismas autoridades involucradas y quizá beneficiadas con los sucesos. Pero, sobre todo, porque son el resultado de una disputa por el poder. Esta posición cree en la idea del complot o la conspiración entre miembros antagónicos de la clase dominante. En otras palabras, una lucha entre las élites políticas. 

Sobre el caso de Colosio, el historiador Enrique Krauze cuenta que habló con el escritor Octavio Paz -único Nobel de Literatura mexicano- sobre el asesinato y éste le comentó que lo ocurrido era “Shakespeare puro”. Lo anterior no es un ejemplo de cómo el autor del Laberinto de la soledad era capaz de interpretar la realidad a través de sus lecturas, sino que es un mensaje cifrado para decir que una lucha de poder estaba detrás de los hechos. En Hamlet, Ricardo III o Macbeth, las disputas por el trono son producto de complots, no de asesinos solitarios dementes. Y nadie describió mejor que Shakespeare la complejidad y la mentira que envuelven a una conspiración, consecuencia del arrebato y la turbación que ejerce el poder sobre los hombres.

La pregunta del por qué y a quién benefician los magnicidios no queda satisfecha con la versión del individuo que actúa solo, menos cuando se toma en cuenta el contexto en el que ocurrieron. Hay necesariamente otros involucrados, pero nunca se sabrá con precisión quiénes, porque los informantes clave son ‘borrados del mapa’ (Oswald fue asesinado antes de rendir su declaración y el jefe de la policía de Tijuana fue ejecutado 30 días después del suceso en Lomas Taurinas, por mencionar dos ejemplos).

Además -y esto es parte del sentido común- ninguna autoridad involucrada saldrá a declarar que él o ella participaron en el complot y contribuyeron a organizar la ejecución junto con tres, cuatro o veinte personas más, pero que todo fue en defensa de la seguridad nacional o algo por el estilo. 

Al respecto, la tercera y última parte tratará sobre las declaraciones que hicieron las autoridades mexicanas -como el entonces presidente Carlos Salinas- sobre el caso de Colosio, en una muestra del deslinde astuto o, para usar un dicho popular, dar ‘gato por liebre’. 



Paquidermo

"No escapa al pasado quien lo olvida," dice un personaje en el epílogo de Kriegsfibel, obra de Bertolt Brecht.

En la siguiente entrada se detallarán las fuentes utilizadas en la segunda y tercera partes de esta serie conjurada.



viernes, 28 de marzo de 2014

Piglia, la hegemonía y el asesino solitario – Primera parte

¿Puede un hombre rebelarse contra el Estado? ¿Puede él solo desafiar la hegemonía oficial? De entrada, la pregunta implica un despropósito, algo poco viable. La cuestión sobre este acto radical e improbable (y su posible concreción) es la tesis central de la novela más reciente de Ricardo Piglia, El camino de Ida, publicada en 2013 por Anagrama. 

En Ida, un profesor con ínfulas de genio realiza una serie de atentados terroristas contra miembros (colegas) de la Academia estadunidense con el propósito de publicar sus ideas pacifistas y contrarias al sistema capitalista, depredador e injusto. Una de las víctimas de estos ataques fue, al parecer, Ida Brown, estrella y fundadora del Departamento de Modern Culture and Film Studies de la prestigiosa Taylor University, ubicada a las afueras de Nueva York y donde impartía clases de literatura. Renzi, personaje ubicuo y  álter ego de Piglia, se embarca en una turbulenta investigación sobre la  extraña muerte de Ida (clausurada como un accidente de auto por las autoridades), movido por su repentino amor hacia la enigmática profesora, que surgió de sus encuentros casuales y secretos en hoteles lejanos, donde hacían “el amor” toda una noche y después volvían a sus vidas separadas. 

El periodista Renzi se involucra en la historia tras haber sido invitado por Ida a impartir un seminario de Literatura durante el semestre otoñal. Recurrirá a la ayuda de Parker, detective y ex agente del FBI, para intentar descubrir la verdad del “accidente”. Su obstinada búsqueda culminará en una entrevista con el supuesto autor exclusivo de todos los atentados: el apacible matemático Thomas Munk. 



Aparte de la cuestión sobre el rebelde solitario, Piglia hace una crítica al mundo de la academia y su estilo de vida, del que dice haber desplazado a los guetos como lugares de violencia psíquica y donde, resguardados por una imagen pacífica y elegante, sus integrantes traman horribles venganzas.  En otras palabras, un hoyo de miseria y vanagloria que se ha asumido como el máximo guardián de la civilización y el conocimiento humanos.

En cuanto a desafiar la hegemonía del Estado -asumida intención del académico Munk- habría que precisar que ésta se entiende según la definición de Antonio Gramsci: la imposición ‘consentida’ de la visión del mundo de la clase dominante sobre las otras. En este sentido, la realidad que define la clase poderosa se convierte en el ‘sentido común’. La crítica a esta visión y sus alternativas son marginadas, en aras de mantener el ‘consentimiento fabricado’ (manufactured consent) por el Estado, quien utiliza la fuerza y la superioridad moral para este fin. Como en Marx, el Estado, entidad abstracta, no es más que el conjunto de grupos sociales que integran la clase dominante y son los únicos beneficiarios del sistema capitalista. 

Lo sofisticado de este mecanismo de dominación (y ése es el aporte genial de Gramsci) reside en su aceptación casi inconsciente por parte de la mayoría de la población, convencida de que si trabaja duro y sigue las reglas tendrá la posibilidad de ser otro beneficiado más del sistema. Esta convicción ilusoria legitima la hegemonía y, por ende, los pensadores de izquierda han insistido tanto en que los dominados adquieran conciencia de clase y se subleven contra el Estado. 


Esa rebelión debía ser colectiva, pero eso quedó en el pasado, con el derrumbe de la Unión Soviética y demás regímenes socialistas. Ahora, lo que queda, al parecer, es la rebelión individual que recurre a la violencia terrorista para llamar la atención y presentar, si las ideas sobran, una alternativa. 

Al menos, ése es el caso de Munk en la novela, quien aterroriza con el noble propósito de publicar un ‘Manifiesto’ en los principales periódicos de Estados Unidos. Su objetivo final es que sus ideas sean leídas y, por ello, recurre a la violencia, consciente de que en la época actual, abrumada por el exceso de información, es imposible que un individuo ordinario logre ser publicado por un medio importante. Lo anterior ya lo había experimentado en el despiadado mundo académico, guiado bajo la consigna de ‘publicar o morir’. Por ello, desengañado y frustrado, decidió alejarse de las aulas al descubrir que la academia es el principal instrumento a través del cual se promueve el proyecto hegemónico. De otro modo, los avances de la ciencia y la tecnología, divulgados en los journals y revistas científicas, son la piedra de toque que sirve para perpetuar el sistema de dominación.  

El manifiesto critica, desde luego, al régimen capitalista patentado por los estadunidenses, y convoca a terminar con la creencia en la omnipotencia y eternidad del capital: “somos capaces de aceptar el fin del mundo pero nadie parece capaz de concebir el fin del capitalismo”, afirma Munk en una parte de su escrito. Propone, además, cuidar el medio ambiente y volver a adoptar la comuna rural como base de la economía y convivencia humanas. Más que una revolución, la propuesta del matemático es restaurar la bucólica vida pastoril, en una tentativa ingenua por regresar al origen.

Igual que en otras novelas del escritor argentino que se inspiran o tributan homenaje a autores clásicos -Kafka en Respiración Artificial o Macedonio Fernández en La Ciudad Ausente, por ejemplo- El camino de Ida gira en torno a Joseph Conrad y W. H. Hudson. Un relato de Conrad, El agente secreto, será la clave para descubrir la intriga que protagoniza Munk, y los escritos de Hudson son emparentados con las observaciones incluidas en el diario que escribió el matemático en sus años de aislamiento. De manera parcial, la novela de Conrad incluye la historia que relata Piglia: un revolucionario abandona una brillante carrera académica para dirigir un grupo anarquista, y uno de los actos que encabeza se asemeja al suceso real ocurrido durante la Comuna de París, cuando unos obreros sublevados dispararon contra los relojes de la ciudad para detener el tiempo y… ¿regresar a una época ilusoria? O ¿crear una duración  distinta, apta para la llegada inminente del hombre nuevo? 

No se sabe a ciencia cierta; sin embargo, Munk se aisló y, en la más completa soledad, preparó sus crímenes. O al menos esa parece ser la versión oficial. Además, el profesor rebelde era un admirador de Conrad y, con frecuencia, utilizaba nombres de personajes de la obra del polaco como seudónimos para proteger su identidad. La influencia de Conrad sobre el matemático es tal que, en un arranque de megalomanía, un doctor de Harvard dictamina que Munk utilizaba las ficciones del autor polaco para encontrarle un sentido a su vida. Se creía el personaje de una gran historia y los libros (the printed word) eran su universo. 



Ante todo, Munk es un lector, igual que Renzi y la doctora Brown. Los tres usan la lectura para actuar. En este punto, Piglia retoma la idea expuesta en El último lector, acerca de que el detective es un gran lector y esta facultad le permite descubrir los crímenes, al ser capaz de detectar signos que indican un trazo sobre el probable delincuente. La mayoría de los mortales captan un relato y algunos matices en lo que leen, pero los detectives, a través de una lectura lenta y minuciosa, son capaces de ver algo distinto. Poe, creador del género policiaco, fue quien primero expuso esta idea, mediante la figura del detective Dupin. 

Siguiendo el estilo del autor de La carta robada, Piglia parece crear la novela con la idea de que el detective descubra al criminal por un texto. Sólo que el detective, Renzi, es un periodista y académico que, además, no es el lector original, sino que sigue con cuidado la lectura de otra persona, Ida Brown, quien señala las ideas en la novela de Conrad asociadas con el presunto delincuente. Pero el escritor argentino complica la historia y deja entrever la posibilidad de que la segunda lectura de Renzi puede estar equivocada y la conexión entre El agente secreto y el profesor Munk es de otra naturaleza. 

La tarea del detective de descifrar los hechos -en este caso y contrario a la tradición- está condicionada por la lectura de otra persona, quien a su vez podría estar influenciada por otro lector y así sucesivamente. Este encadenamiento de lecturas superpuestas podría servir de metáfora para explicar cómo se impone la hegemonía, pero esa es otra cuestión que alguna vez se pretenderá discutir en otro espacio.   

Como consecuencia de las investigaciones de Renzi -quien deja cabos sueltos siguiendo el dictado de su creador- aparece la duda de si Munk es un asesino solitario o el miembro prominente de una organización anarquista. De acuerdo a la interpretación que se elija, Ida podría ser víctima o culpable. La novela es, entonces, un instrumento para polemizar acerca de la cuestión sobre lo que está detrás de un acto homicida que conmociona a la sociedad: un motivo individual o una conspiración. 

En la ficción de Piglia, nada se afirma o se niega. En la realidad sucede lo mismo y ello queda ilustrado con dos casos emblemáticos: los asesinatos del presidente Kennedy y el candidato presidencial Colosio. La segunda parte de este texto se centrará en el mexicano, por cuestiones de contemporaneidad y porque la historia del escritor argentino se sitúa en el año de 1994. 


Paquidermo

Una persona especialista en asuntos de hegemonía me comentó que Gandhi podría ser el ejemplo de un individuo que desafía con éxito al Estado; en este caso, el imperio Británico. Mejor aún, me dijo, el líder hindú revirtió la dominación por medios pacíficos, sin derramar una gota de sangre. Alguien podría argumentar que Gandhi no actuó solo, sino que fue un líder y requirió el esfuerzo de muchos para lograr su cometido.

En cuanto al Camino de Ida, Piglia comparte, en una entrevista con el escritor Patricio Pron publicada por Letras Libres en noviembre de 2013, una posible interpretación de su novela, cortesía de unas amigas suyas: Renzi es seducido por Ida para reclutarlo en la organización de Munk. Por supuesto, el argentino no desacredita esta versión. Cabe agregar que la novela está inspirada en las estancias de Piglia como profesor invitado en la Universidad de Princeton. 



jueves, 27 de febrero de 2014

Mutis y la condición humana

En el hospital y en la cárcel se conocen a los verdaderos amigos, enuncia un dicho popular, haciendo referencia a aquéllas personas que acuden para dar aliento al preso o al enfermo. Aparte de descubrir las amistades genuinas, algunas personas recluidas se forman como escritores, debido a que las condiciones de encierro ofrecen una experiencia límite y otorgan suficiente tiempo para reflexionar sobre el ser y la circunstancia del individuo confinado. El ejemplo más conocido de las letras es quizá el de Cervantes, quien concibió la historia del Quijote mientras estaba preso en la cárcel de Argamasilla de Alba en La Mancha, lugar de cuyo nombre no pudo olvidarse. Otro caso sobresaliente fue el de Rustichello da Pisa, ignorado escritor que logró su obra cumbre –y, de paso, sentó las bases del estudio científico de la geografía− al transcribir los viajes que Marco Polo le relató cuando compartieron la misma cárcel en Génova.


Un tanto ajeno a la literatura, pero también importante para el desarrollo del pensamiento humano fueron los Cuadernos de la cárcel, escritos por Antonio Gramsci entre 1929 y 1935, mientras cumplía su condena en una cárcel de Milán a causa de sus actividades políticas, contrarias al régimen de Mussolini. Entre otras dilucidaciones teóricas, Gramsci creó el concepto de ‘hegemonía’, que contribuyó a explicar el funcionamiento oculto que sostiene al poder político, en referencia al sistema capitalista, aunque puede extenderse a cualquier tipo de gobierno. Hay otros casos más que incluyen a escritores como Wilde, O. Henry, E. E. Cummings o Thoreau, pero ya no me demoraré en enumerarlos porque este escrito pretende enfocarse en la experiencia de  Álvaro Mutis (1923-2013).

El escritor colombiano tuvo una especie de revelación literaria cuando fue recluido en México en la cárcel de Lecumberri en 1959, acusado de fraude por la multinacional estadunidense Standard Oil Company, donde fungía como agente de relaciones públicas en Colombia. Cuentan las ‘buenas lenguas’ que Mutis usó el dinero estafado para organizarles fiestas a sus amigos poetas, a lo que el escritor respondía que eso no era del todo cierto, ya que la plata desviada era en realidad para ayudarlos a escapar de la dictadura militar que encabezaba entonces el general Rojas Pinilla. El escritor estuvo 15 meses preso y el resultado de esa experiencia fue el Diario de Lecumberri, publicado en 1960 por la Universidad Veracruzana. Ese encierro hizo posible que Mutis empezara a escribir después la saga que le daría fama mundial, como él mismo confiesa en el prefacio de la nueva edición del diario, contenido en la antología Relatos de mar y tierra de 2008:  

Jamás hubiera conseguido escribir una sola línea sobre las andanzas de Maqroll el Gaviero, que ya me había acompañado a trechos en mi poesía, de no haber vivido esos quince meses en el llamado, con singular acierto, “El Palacio Negro”.

En efecto, así se le conocía a la cárcel del Palacio de Lecumberri, ubicada en el centro de la ciudad de México, por el horror y la brutalidad que se sucedían en su interior. Posteriormente y no sin cierta ironía maquinal, el lugar se convirtió en la sede del Archivo General de la Nación, la memoria oficial descatalogada por sucesivos gobiernos mexicanos. En ese entorno oscuro, Mutis consignó sus vivencias en un breve diario sin fechas, instalado en una celda individual de la crujía ‘H’ (todas las celdas, en ese entonces, eran individuales). Contrario a lo que pudiera esperarse, el colombiano no es el protagonista de su diario, sino que asume la posición de observador y se ocupa en describir con agudeza y cuidado las experiencias −tristes y crueles en su mayoría− de otros compañeros presos. Se dedica, en otras palabras y sin intenciones aleccionadoras, a observar la condición humana, tan contradictoria e inexplicable como el hecho de ponerse a relatar sobre ese asunto que es, finalmente, el tema que consume a toda literatura. Más que un diario, el libro se convierte en un cuento de la vida en Lecumberri, integrado por una desigual galería de antihéroes socavados por el mal que gobierna su sino y, al parecer, su voluntad. 



En este límpido relato, Mutis evita perderse en reflexiones sesudas, juicios morales o introspecciones dramáticas para consuelo de los libres. Es literatura hecha con material real que cuando se lee parece ficticio. Como ejemplo, la historia de Rigoberto, el viejito de ‘piel arrugada y oscura como la cáscara de una nuez’, encargado de la limpieza en la crujía y de quien se rumoraba había matado a más de cien personas. Afuera, era asesino a sueldo cuando esa palabra no era tan común como en esta época de sicarios que colman las bandas de droga. Ingresó 27 veces a la cárcel por delitos de homicidio, de donde salía para continuar con su trabajo. Decía que las veces que lo habían atrapado había sido por culpa de soplones (‘chivatones’) que, no obstante, obtenían su merecido cuando Rigoberto volvía libre. Adentro, todos lo respetaban y Mutis se hizo su amigo. Un día, Rigoberto le confesó una serie de crímenes cuando estaba limpiando su celda, alucinado por efecto de la heroína que estimulaba recuerdos imprudentes: ‘al pinche chivatón de el Turco me lo eché en los baños, le quemé la cara y el pescuezo con vapor, para que no se notaran las marcas’; ‘a Pancho el panadero lo metí en el horno, y si no es por su hermana que llega y lo llama, sólo las cenizas topan’... y así continuó durante horas el anciano una retahíla que el colombiano jamás habría de olvidar. Al final y con tono indiferente, le dijo a Mutis que no sentía ningún arrepentimiento y que haría de nuevo lo mismo si volviera a ser joven.

En otro capítulo se narra la historia de un joven de 22 años, astuto y mañoso, dispuesto a hacer cualquier trabajo o conseguir cualquier lujo. ‘A ése téngale cuidado, compañero. Se llama Palitos y siempre está tramando alguna chingadera’. Mutis urdió amistad con él cuando éste le estafó 10 pesos con el cuento de que le iba a conseguir unas cortinas. Desde entonces, Palitos acudía a menudo a la celda del colombiano y así se enteró de su travesía por los recovecos del mal que inició durmiendo debajo de una mesa de billar en un café de chinos, huérfano y sin saber quién era su madre, y terminó en una riña entre presos por celos pasionales. Anduvo por Tijuana una temporada −‘el paraíso de los narcotraficantes y los tahúres’− y estuvo a punto de lograr el robo de su vida en una joyería, si no es porque entrara el gerente justo cuando Palitos iba saliendo como si nada, con un portafolio en el brazo. Al enterarse de su muerte, Mutis acude a observar al difunto y apunta: ‘la dignidad de su pálido cadáver color marfil antiguo y la mueca sensual de su boca, resumían con severa hermosura la milenaria condición humana’. Como detalle de desafortunada picaresca, el cuerpo de Palitos tenía amarrada una etiqueta en el tobillo con el siguiente “epitafio”: libertad por defunción. 



A pesar del grado de maldad, el escritor no podía evitar sentir simpatía por Rigoberto, Palitos y personajes afines, como lo explicara en una entrevista con Elena Poniatowska, publicada por La Jornada en septiembre de 2013 cuando Mutis cumplió noventa años:

Cuando encuentras un hombre que ha cometido varios homicidios brutales, conversas con él y te cuenta de sus hijos, tiene contigo detalles de afecto, se te abren los ojos del alma y te das cuenta de que estás con una persona que es como tú.

Los presos que integran el diario no se lamentan y asumen la maldad de sus actos como algo inevitable, una forma de estar en el mundo. No buscan perdón ni mencionan a Dios. Podría hablarse aquí sobre el eterno debate de si el mal es algo innato o emerge como consecuencia de las circunstancias que rodean a los criminales en su niñez y juventud. Sin embargo, lo importante es señalar el efecto contradictorio que el mal causa en el autor del diario y muy probablemente en el lector. Por un lado se condenan los actos de los presos, pero al mismo tiempo, su forma de ser y sus desfortunadas circunstancias conmueven, al grado de decir ‘son como yo’ y sentir piedad o simpatía.

Agrega Mutis en la entrevista citada:

Una cosa que yo aprendí a partir de Lecumberri es que ningún hombre tiene el derecho de juzgar a nadie. Finalmente, todas las leyes, todos los códigos, todos los decretos, todos los reglamentos acaban siendo de una gran injusticia. Mira, te voy a contar una anécdota: estaba yo un día en una tienda departamental, aquí en México, y de pronto se me acerca un policía y me dice: ‘¡Quihubo, mi Mayor!’ Era un compañero mío de la crujía H, cuando yo fui ‘Mayor’ de la crujía. Era una fiera, listo como no te imaginas. Su especialidad era el robo en casas, (esos ladrones se llaman ‘zorreros’). Y le dije: ‘¿Y tú qué haces aquí?’ Me dijo: ‘Pues aquí trabajando’, ‘¿Cómo entraste?’ ‘Pues ahí con unos papeles, ya sabe usté”. Pensé yo: ‘Este hombre fue juzgado por robo y ahora el es el que atrapa al que roba’”.

Donde no hay lugar para sentimientos de compasión o empatía es con aquéllos que perpetran canalladas y pretenden hacerse pasar por buenos y víctimas de un destino adverso. Es el caso de Abel, un avaro recluido en la crujía del primer piso y que Mutis asocia con un personaje de La Comedia Humana de Balzac. Abel, ‘de alta y desgarbada figura, rubio, con un rostro amplio y huesudo’, recorría las celdas para saludar a los presos y hablarles en tono sacerdotal, como si les concediera el honor de estar bajo su compañía; sin embargo, fue digno de la animadvesión de todos los demás presos cuando se fueron enterando que el coronel con aires de predicador había amasado una fortuna de alrededor de 50 millones de pesos al amparo del honrado oficio de prestamista aficionado a cobrar altos intereses por el dinero concedido. Don Abel era tan reacio a gastar que aún cuando ya le habían otorgado la libertad se rehusaba a salir de la cárcel. Su historia, como podría adivinarse, tuvo el final más terrible y vergonzoso.



Historias similares del mal y sus vicisitudes en el “palacio negro” se narran en el diario, donde no sobra mencionar la originalidad de los apodos, esenciales en la cultura criminal mexicana, con ecos perdurables en el imperio actual del narcotráfico. El Señas, el Ford, el Jarocho, el Tiñas, la Güera, el Turrón, etc., disipan y renuevan una identidad vaga, que se pierde en el olvido de los incontables crímenes que se producen en cada época. Le dan también un aire pícaro y humorístico a personajes siniestros.

En una parte del diario y en un arranque de desesperanza, Mutis se cuestiona sobre el valor de escribir acerca de su experiencia en la cárcel, consciente de que nadie de ‘afuera’ entenderá estas vivencias, ni siquiera los amigos que lo visitaron, como Elena Poniatowska -de quien dice ser una de las personas más preparadas para comprender esto- pudieron hacerlo. De cualquier forma, aventuro que escribe su diario como una forma de enfrentar el mal y su desgracia, en un escape de la opresión y el encierro que todo lo engullen; es un acto de afirmación de la libertad y contra el olvido, para restituir lo poco que les queda de dignidad a los personajes condenados (con excepción del avaro). Una tarea noble y absurda que les resultara más difícil entender a los lectores, al tratarse de historias ajenas que sucedieron en otro tiempo. 

No obstante, su lectura no es una pérdida de tiempo y quizá su valor reside en mostrar lo que existe adentro de la cárcel, con la mayor fidelidad posible, a manera de un espejo que refleja la condición humana y que, paradójicamente, no aclara sino nubla (acrecienta) las dudas sobre este tema. Hacer notar también que la libertad está hecha de un azar donde confluyen el miedo y la esperanza. Al respecto, Mutis recurre a un enigmático verso de Mallarmé para darle sentido a su labor:

Un golpe de dados jamás abolirá el azar.


Paquidermo

La cárcel de Lecumberri fue construida en 1900 por el dictador mexicano Porfirio Diaz y existió hasta 1976. Albergó a personajes famosos, como José Revueltas (quien escribió su primera novela, El Apando, basándose en su experiencia como preso político); William Burroughs; el pintor David Alfaro Siqueiros; el escritor José Agustín e incluso el cantante popular Juan Gabriel, entre otros. La historia de los presos famosos que más intriga causa, sin embargo, es la de Francisco Guerrero, conocido como el “chalequero” y uno de los primeros asesinos seriales (serial killers) identificados en México, aunque ese término todavía no existía en esa época. 

Su apodo, cuenta Wikipedia, pudo deberse a que gustaba de vestir con chaleco, como un catrín o porque solía violar “a chaleco” a la mujer que se encontrara. Fue apodado también como el “Degollador del Río Consulado”, porque en ese lugar destripó a una de sus víctimas, quienes solían ser prostitutas. Se calcula que mató a alrededor de 20 mujeres, aunque al momento de su arresto, ocurrido en 1908, sólo pudieron identificarse nueve víctimas, entre ellas, una mujer apodada “La Chíchara” y otra “La Burra Panda”. Ese mismo año fue recluido en Lecumberri y declarado un ciminal nato. 

Murió en el encierro en 1910, a los 70 años y poco antes de que iniciara la Revolución Mexicana. Tres años después, el promotor de la Revolución y después presidente, Franciso I. Madero, recibía el tiro de gracia cuando iba camino al “palacio negro” donde iba a ser confinado, contra la pared y en una banqueta elegida al azar. Como dato curioso, Guerrero tardó varios años en ser atrapado y cuando detuvieron a Jack “El Destripador” en 1888, la prensa mexicana escribió “hay un Chalequero inglés”.