lunes, 27 de junio de 2016

Knausgaard y el arte de narrar lo trivial

¿Qué pasaría si decidiera escribir una novela sobre mi vida? Por ejemplo, aquélla vez que me detuve en una gasolinera a orinar y pasé a la tienda a comprar una cerveza. De regreso al auto, mirando la máquina despachadora, me di cuenta que había bajado el precio del combustible, así que decidí llenar el tanque mientras bebía un trago y me decía ‘qué raro, la economía está jodida, pero la gasolina cuesta menos’. Si escribiera eso y múltiples sucesos más no pasaría nada. ¿Alguien leería esa hipotética novela? Probablemente no. ¿Habrá algo digno de relatar sobre mi paso por el mundo? No lo sé.

Sin embargo, un escritor noruego se puso a escribir sobre su vida, relatando cada suceso minuciosamente y se convirtió, ‘de la noche a la mañana’, en sensación literaria. ¿Quiere decir, entonces, que cualquier mortal puede alcanzar el éxito si escribe sobre su vida? Por supuesto que no. Intentaré mostrar, en las líneas que siguen, porqué Karl Ove Knausgaard es una excepción, una anomalía en la industria de los libros que combina calidad literaria con éxito en ventas. 


Knausgaard es un escritor de Noruega que alcanzó la fama mundial con una serie de libros autobiográficos titulados Mi Lucha. A primera vista, podrá parecer que el título hace alusión al panfleto que escribiera Hitler; sin embargo, los libros no guardan ninguna relación con las ideas del dictador alemán. La serie autobiográfica consta de seis libros, publicados entre 2009 y 2011 en su idioma original. Hasta ahora, se han publicado los primeros cinco en español e inglés (y seguramente en otros idiomas también, pero ya es redundante enumerarlos). 

El libro al que haré referencia en esta entrada es al primero, A death in the family (La muerte del padre, en su traducción castellana). Escribo el subtítulo en inglés porque lo leí en este idioma, no sabía que Anagrama también ya había publicado las traducciones al español. El primer volumen se centra en la muerte de su padre, víctima de un alcoholismo severo que lo orilló a un final humillante. La muerte ocurrió cuando el autor tenía alrededor de 30 años. ‘Mi padre fue un idiota’, escribe Knausgaard, quien era denigrado frecuentemente por él con burlas o golpes. Pero no paró de llorar el día de su muerte, aceptando que, a pesar de su profundo desprecio, siempre quiso a su padre (‘ahora uso sus botas cuando ando en la casa’ declaró Knausgaard en alguna entrevista).

En mi opinión, lo que más atrae de Knausgaard en el primer libro, más allá de revelar su vida privada, es su estilo, su manera de narrar los hechos, con una atención microscópica a lo que sucede en su pensamiento  -su mundo interior- y alrededor –el mundo exterior- mostrando una conciencia de sí mismo que, por momentos y según su autor, es enfermiza. Y lo que resalta de ese estilo laborioso es que no produce tedio. De alguna manera, que no sé explicar, fluye y uno sigue leyendo sin detenerse cada dos o tres páginas porque las descripciones lo aburrieron.


La mayoría de las historias del primer volumen son acerca de sucesos cotidianos: cenar con los padres, visitar a los abuelos, besar una chica, formar una banda de rock con los amigos o emborracharse en año nuevo. Pero la forma de contarlas hace que el lector se sienta en un mundo distinto por los artificios literarios y, a la vez, familiar, porque está basado en la realidad (esa vaga noción compartida de vivir en el mismo mundo). En ese estilo, que ha sido comparado con el de Proust (y agrego a Joyce, aunque no se parezcan ni de cerca sus técnicas narrativas), reside una de las claves de la admiración hacia la obra de Knausgaard. 

Una mejor explicación sobre su estilo la encontré, de paso, en un ensayo de George Orwell sobre Trópico de Cáncer de Henry Miller, titulado Inside the whale (Dentro de la ballena). Por momentos me parecía que hablaba sobre la forma de narrar de Knausgaard. Ambas novelas, la del pulcro Miller y la de Knausgaard, encajan en el género que denomina Orwell como ‘autobiografía en forma de novela’, narradas en primera persona porque no es posible hacerlo de otro modo.

Escribe Orwell que Trópico de Cáncer es de esos libros que abren un mundo nuevo por revelar no lo que es extraño, sino lo que es común: está este mundo en el que hemos vivido desde la infancia, donde los asuntos cotidianos los hemos asumido incomunicables pero, de pronto, aparece alguien que se las ingenia para comunicarlos, logrando designar palabras para aquél mundo tan familiar que habitamos, el cual parece, además, que no amerita ser recreado. Los escritores con esta capacidad, como Miller y Knausgaard, escriben sin miedo y con un ritmo de vértigo, como si una tromba cayera en la calle donde estamos parados y, de pronto, se quitaran las ganas de buscar resguardo bajo un techo porque se descubre que la lluvia nos reanima y, misteriosamente, nos reconforta.

Revelar ese universo cotidiano crea, en mi opinión, una atmósfera que permea la escritura de autenticidad, donde no importan tanto los sucesos que se narran, sino esa sensación de reconocimiento, de reflejarnos en el mundo rutinario. Esto genera, dice Orwell, que el lector no se sienta solo. Agrega Orwell que al leer ciertos pasajes de la novela de Miller y del Ulises de Joyce (y yo agrego que también en Mi Lucha), sientes que tu mente y la del escritor son una. En este tipo de novelas, el lector entra en contacto, por un momento, con experiencias en las que logra reconocerse, contrario a lo que sucede con la literatura ordinaria, caracterizada por mentiras, simplificaciones y un estilo ‘afectado’.  

Aquello de abolir la soledad del lector, aunque sea temporalmente, es paradójico, ya que las novelas fueron escritas por solitarios incorregibles: Miller, Joyce y Knausgaard, quien no sólo escribió Mi Lucha bajo una soledad radical, confinado en un estudio durante días y meses, sino que, a lo largo del libro, se muestra como una persona solitaria que se regodea de su condición y admite, sin vergüenza, no sentir mayor interés por crear amistades. Su motivación esencial es escribir y, ya se sabe, no se escribe acompañado. Su soledad sólo es atenuada por su familia.

Para observar y escribir, hay que guardar distancia. Inevitablemente, escribir sobre el mundo que uno observa implica un acto de crítica. En opinión de Orwell, la actitud de Miller al compartir sus vivencias en Trópico de Cáncer es la de aceptar el mundo y, de este modo, encontrarlo habitable. Para mí, Knausgaard también acepta este mundo y la vida como son, aunque con cierta sorna y resignación rebelde, sin importar la contradicción.

La frase que resume la actitud de Knausgaard es una que repite varias veces en el primer libro, en boca de su abuela y para la que no encuentro traducción: ‘life is a pitch, the woman said. You know, she couldn’t pronounce well the b.’ El escritor noruego agrega en el libro que escribe movido por el anhelo, la nostalgia y el ansia de no sabe qué. Sólo atina describirlo como un fuerte sentimiento sin ningún propósito o fin que lo ha llevado a querer ‘abrir el mundo’ para tal vez encontrar su fuente o, al menos, agotarlo con la escritura. Ese mundo de anhelo es ficticio y, sin embargo, es el mundo real. Entonces, concluye Knausgaard, ‘escribo ficción para combatir la ficción.’ 


Además del estilo, no hay que olvidar que Knausgaard escribe sobre su vida con una honestidad que, para algunos, cae en la indiscreción. Su esposa dijo al respecto, en una entrevista, que se había casado con el hombre ‘más indiscreto del mundo.’ Esto, por supuesto, también podría explicar su éxito de ventas; sin embargo, sus historias evitan el escándalo y el tono morboso de quien busca saciar perversiones ocultas. Usa un tono confesional pero, en mi opinión, él no se confiesa, sino que escribe de sí mismo como un personaje más, porque no encontró mejor forma de crear ficciones.

Pienso que fue muy cuidadoso al elegir qué aspectos contar, usando un proceso selectivo en la crónica de su vida, dejando muchos acontecimientos de lado y centrándose en narrar sólo una parte representativa. En ese sentido, en muchas escenas, el lector se queda con ganas de saber qué hicieron los demás o qué pensó él en realidad. A cambio, él prefiere describir con minuciosidad ciertos hechos, como cuando limpió la casa donde murió su padre.

En lugar de ser una mera revelación de detalles íntimos, su libro es una obra literaria inédita porque, al narrar las acciones que -siguiendo con el ejemplo anterior- hizo para limpiar el baño de aquélla casa impregnada de muerte, contando qué marca de detergente usó, el color de las manchas, el interior del escusado, los utensilios del lavabo o el esfuerzo de limpiar, tallando las paredes y barriendo el piso, interna al lector en la atmósfera de esa experiencia paralizante. Ese hecho habitual de limpiar la casa que, en apariencia, no tiene nada de literario ni es digno de ser contado, logra trasmitir el dolor y la humillación de tener que poner en orden la casa (y la vida) después de la muerte del padre. 

En ese acto de narrar lo ordinario, desocupándose de analizar la vida de su padre o dramatizar la escena con múltiples diálogos y discusiones, reside el arte literario del escritor noruego. A través de relatar lo trivial (que algunos han criticado como un ‘no contar nada’), Knausgaard logra expresar el significado de una vida. Es un acto de transferir lo importante a lo cotidiano (al modo de un trasvase), sin devaluarlo y sin exagerarlo. La historia de Mi lucha es, entonces, la suma de actos triviales que conforman una vida. Y Knausgaard declaró alguna vez que escribió esos libros con el corazón.

A modo de resumen, creo que el escritor noruego logró que la gente leyera su vida porque se centró en crear literatura y mostró, con un estilo inimitable, el mérito de narrar las nimiedades de la existencia, esas pequeñeces que, al final, conforman los recuerdos y la verdadera huella que dejamos.


Paquidermo

En alguna entrevista, el autor noruego dijo que de niño soñaba ser futbolista profesional. En la adolescencia, después de darse cuenta de su escasa habilidad para el futbol, quiso ser un rockstar. Y en la juventud, al admitir que no tenía talento para la música, decidió que su sueño era ser escritor. Y después… 


jueves, 30 de abril de 2015

Tabucchi y los perdedores



Cada vez que viajo tengo la intención de escribir un diario para consignar impresiones, anécdotas, sentimientos, diálogos y encuentros decisivos con el destino. Pero nunca lo hago. Llevo una libreta de “bolsillo” guardada en la mochila y ahí se queda hasta el regreso, con las páginas blancas relucientes. Es que no hay tiempo, me digo, si hay tanto que ver. Aunque la verdad es por falta de ganas. Los escasos momentos a solas y en sosiego son para dormir. En ocasiones, viajando solo, he escrito sobre el viaje en la libreta minúscula  y, con frustración, noto que lo apuntado le resta brillo o extrañeza a lo vivido. Para qué escribir si el viaje ya es en sí mismo un ejercicio literario, el mejor posible, concluyo. 

Esta idea sobre lo redundante de escribir durante un viaje me fue desmentida al leer Dama de Porto Pim de Antonio Tabucchi, donde con trazos breves y prosa de orfebre se adentra en la intimidad de las remotas islas Azores, y ofrece al lector historias intrigantes sobre un lugar en el que uno se imagina que lo único que pasa es el vuelo de las gaviotas sobre el mar en la costa de alguna de las nueve islas que conforman el archipiélago portugués (“montes de fuego, viento y soledad”, describió las islas en el siglo XVI uno de los primeros viajeros). El libro no es un diario de viaje sino una serie de fragmentos y cuentos cortos que aluden constantemente al mamífero que atrae las miradas extranjeras hacia el archipiélago: la ballena. El cetáceo colosal, figura casi mítica en la literatura, oro de los mares y arquetipo de la majestuosa incomprensión que tenemos de nuestra naturaleza. 

La fijación con la ballena es tal que Tabucchi escribe un fragmento imaginando cómo vería este animal a los hombres, siguiendo su viejo vicio de espiar las cosas desde el otro lado, como apunta en el prólogo. La literatura puede llegar a esos extremos y no parecer ridícula (aunque sí un tanto pretenciosa). La ballena surca los mares y mira de reojo a los seres humanos: “qué poco redondos son, sin la majestuosidad de las formas consumadas y suficientes, pero con una minúscula cabeza móvil en la que parece concentrarse toda su extraña vida”. Los mira de nuevo, en sus barcas, navegando al acecho de su carne que atacan con un objeto largo y filoso. Durante la noche duermen o contemplan la luna y la ballena puede observarlos a la deriva, mientras sus lanchas pasan cerca de ella. “Se alejan deslizándose en silencio y es evidente que están tristes.”

La única sección del libro que semeja un diario de viaje es cuando Tabucchi narra su participación como observador en la caza de una ballena, relato intenso y minucioso que describe un acto sangriento pero realizado con nobleza, contradicción que condensa la intriga de las demás historias de Porto Pim. ¿Porqué decidió participar en esta jornada?, le pregunta el patrón ballenero y el escritor italiano responde “por pura curiosidad”. Ambos platican un rato más después de la caza y el ballenero le cuenta de sus hijos que emigaron al Continente Americano y a quienes no ve desde hace seis años. Una vez volvieron pero no quiso irse con ellos, porque él quisiera morirse allí en las islas, su casa. Ante ese guiño de confianza, el escritor italiano le confiesa que en realidad acudió a ver la caza porque tanto el ballenero como la ballena están, al parecer, en extinción. 



Más alla de las ballenas, el interés de Tabucchi es contar historias breves sobre los pobladores de las islas, gente que conoce u observa durante su viaje o de quien se entera al investigar más sobre las Azores (al respecto, el escritor italiano incluye una bibliografía al final con libros de viajes de las islas que informan al suyo, de entre los que sobresale Sailing Alone Around the World de 1900 de un tal Capitán Joshua Slocum). Entre ellas se encuentra la historia de Antero de Quental, poeta portugués del siglo XIX, quien a mitad de su vida se suicida porque –dice la contraportada− descubrió la existencia de la nada, otra contradicción que sala la intriga.  Y el diálogo arcano entre una pareja que Tabucchi observa, donde el pobre iluso se regodea de su prestigio y pierde a su mujer en cubierta al arribar a una de las islas del archipiélago. 

La mejor historia, sin embargo, es la que da título al libro, transcripción de una historia relatada al novelista italiano por el músico de uno de los bares de la isla de Porto Pim. Relato de infortunio y perdición traídos por la belleza de una dama que subyugó el destino del juglar relator. Lucas Eduino se llamaba aquél músico local dedicado a cantar canciones folclóricas para los turistas. La segunda vez que Tabucchi lo invitó a beber, Lucas decidió contarle su historia porque notó que el italiano estaba buscando algo y, además, sabía apreciar la belleza de las mujeres. Por aquélla dama, Lucas cambió su oficio natural de ballenero por el de músico, abandonó a su familia y se volvió un traidor. “¿Tú sabes lo que es la traición?”, le pregunta en una parte a su interlocutor, “la traición, la de verdad, es cuando sientes vergüenza y desearías ser otro.” Al final, como es de esperarse, se quedó solo y confinado a un oficio que supuso temporal. Tiempo después, uno de sus hermanos que emigró a América, como muchos en Azores, regresó para visitarlo y convencerlo de que se fuera con él, asegurándole que allá había trabajo para todos y era más fácil vivir. “¿Qué quiere decir una vida fácil, cuando la vida ya ha sido?,” se lamenta Lucas. 

En alguna entrevista, Tabucchi explicó que sus libros son sobre los perdedores, aquéllas personas que erraron el camino, pero que están empeñadas en seguir buscando. Como en muchas historias de la vida, en las de Dama de Porto Pim no hay finales felices. Hay, más bien, soledad e intrigas alimentadas por las contradicciones que agrietan y sostienen la vida, donde no hay brújulas precisas para distinguir el bien del mal. 




Paquidermo



Dama de Porto Pim fue publicado en 1984, diez años antes de Sostiene Pereira, el libro más popular de Antonio Tabucchi, del cual se hizo una película con el mismo nombre dirigida por Roberto Faenza con música de Ennio Morricone, y con el gran Marcello Mastroiainni en una de sus últimas películas en el papel de Pereira. 

Aparte de las historias sobre ballenas y aldeanos de las Azores, Dama de Porto Pim incluye un cuento borgeano “Hespérides. Sueño en forma de carta”. El sueño inicia con una línea que parece haber sido dicha por el Capitán Ahab en la ultratumba:



Después de haber surcado las aguas durante muchos días y muchas noches, he comprendido que el Occidente no tiene fin sino que sigue desplazándose con nosotros, y que podemos perseguirle a nuestro antojo sin jamás alcanzarle.



domingo, 29 de marzo de 2015

Transtromer and the philosopher’s stone



A poet winning the Nobel Prize of Literature is something that almost never happens. The last time it did was on 2011. That year, the Swedish poet Thomas Transtromer, who used to live very close from the Swedish Academy, obtained the award. I hardly ever read poetry. I guess I lack the guts and composure to immerse myself in a literary exercise that is far more challenging than novels and short stories. Or perhaps is just a matter of building a habit. Of course, many great novels and short stories are founded on poetry, but their structure and breath are different from poems.

Transtromer passed away on the 26th of March of this year and the cultural sections or literary supplements of many newspapers around the world published profiles and comments about his work. Among them, I found a note in the New York Times that contained the poem “Further In”, which was published in 1973 in his book Paths. Its descriptive reflection is astonishing. In 27 lines, the poet synthesizes the essence of stories contained in fantasy books such as J.K. Rowling’s Harry Potter saga or J.R.R. Tolkien’s Lord of the Rings trilogy. Dragons, fire, a forest, footprints and stones are included in a rhyme that flows from a daily scene (the traffic in a city at sunset) to a dream-like journey at the encounter of an object that transmutes reality. Here’s the poem:

On the main road into the city
when the sun is low.
The traffic thickens, crawls.
It is a sluggish dragon glittering.
I am one of the dragon’s scales.
Suddenly the red sun is
right in the middle of the windshield
streaming in.
I am transparent
and writing becomes visible
inside me
words in invisible ink
that appear
when the paper is held to the fire!
I know I must get far away
straight through the city and then
further until it is time to go out
and walk far into the forest.
Walk in the footprints of the badger.
It gets dark, difficult to see.
In there on the moss lie stones.
One of the stones is precious.
It can change everything
it can make the darkness shine.
It is a switch for the whole country.
Everything depends on it.
Look at it, touch it ...

A rather worn-out metaphor states that the work of a good poet brings light to the shadows where common men reside. For instance, the Academy said that Transtromer was awarded the prize because “through his condensed, translucent images, he gives us fresh access to reality.” I remember that a Mexican writer used to say that Pablo Neruda was the King Midas of Hispanic poetry. It seems great poets are the owners of a sort of philosopher’s stone, which can be either a blessing or a curse.